Dictados para Bachillerato

Dictados para personas de Primero Bachillerato

Dictado 1

No, porque pensé que eso no poseía consideración, se apresuró a decir la monja, de todos modos nosotras mismas tendríamos la posibilidad de llevar a cabo el trabajo, eso no nos arredra. Augusto Aixelá la miró con irritación. No les arredra porque no tienen idea lo que es, exclamó; sor Consuelo se quedó perpleja y él siguió diciendo: Soy hombre de escasas convicciones, pero la vivencia me ha enseñado a respetar el trabajo humano sobre todas las cosas; usted habla de él con ligereza porque a lo mejor confunde trabajo y esfuerzo: no cometa este error; el trabajo es esfuerzo, pero además es inteligencia y constancia; no es utilizar la fuerza bruta a la materia, sino entender qué se quiere llevar a cabo y por qué y cómo hay que llevarlo a cabo y después realizar esa obra con fatiga, con sabiduría y con amor, aplicando en cada gesto la herencia de numerosos siglos de dedicación y propósito.

Se levantó y dio un corto recorrido por la galería frente los ojos atónitos de la monja; después, cuando aparentaba que por el momento no deseaba añadir nada más, se detuvo y extendió el brazo hacia la colina. Vea este huerto y esos viñedos, ha dicho, aquí la tierra es árida y las lluvias traicioneras, pero crecen porque los sustenta un sistema muy inteligente y difícil de aljibes, acequias y esclusas que regulan el riego, un sistema tan obsoleto que nadie sabe quién lo ideó ni quién lo llevó a cabo ni cuándo, por más que todo lo referente a la finca está documentado ya hace bastante más de seiscientos años.

Dictado 2

Los perros repitieron su algazara atrabiliaria. No pienso que el señor Aixelá desee verme, le ha dicho a la guardesa, pero si se aviene a recibirme sólo le entretendré un minuto. De esta forma se lo diré, hermana, respondió la guardesa, en cuya mirada sor Consuelo creyó leer un deje de alarma. A lo mejor el otro día oyó la filípica y en este momento teme un alboroto más sonado todavía, pensó, pero va muy equivocada: por más que él me azuce, yo no me inmutaré; debo guardar la humildad a toda costa, éste es mi deber. Pero el cacique la recibió con una afabilidad no exenta de paternalismo.

He venido a disculparme por la manera en que me marché el otro día, ha dicho ella antes de que él pudiera comentar, se encontraba confusa y no acerté a ofrecerle las gracias por su sinceridad. No debe disculparse, ha dicho él, yo estuve verdaderamente muy violento y usted reaccionó con mucha entereza. Además, interrumpió la monja, quiero agradecerle eso que usted califica de violencia; lo que me ha dicho no sólo era cierto sino visible, pero por vanidad y obcecación yo no lo habría comprendido si no me lo hubiera dicho de aquel modo. En tal caso, ha dicho él luego de una corto pausa, nos encontramos en paz.

Dictado 3

Sólo es una tregua, respondió sor Consuelo con una suave sonrisa en los ojos y en los labios. Ya veo que trae otra vez su popular cartapacio, ha dicho él. He inspeccionado los números, aclaró ella. El cacique se echó a reír. Venga, salgamos a la galería, ha dicho separando la cortina. Y ella: Desearía que volviera a ver el presupuesto si no es abusar de su tiempo y de su paciencia. Se habían sentado en las butacas de mimbre; Augusto Aixelá cogió el cartapacio que le brindaba la monjita y sacó del bolsillo el estuche de los lentes. No abusa usted, hermana, comentó mientras se ponía los lentes, la realidad es que me divierte su perseverancia, no lo digo con arrojo de mortificarla, se apresuró a agregar, sino en los términos más afectuosos: crea que no estaríamos aquí si no valorase sus pretenciones y la osadía con que trata de llevarlas a cabo.

He inspeccionado las cantidades, atajó ella, y he esbozado un viable sistema de financiación; tengo el convencimiento de que si lograra reunir la suma inicial que aquí se sugiere podría hallar de forma sencilla asistencia oficial; una vez puesto en marcha el emprendimiento, no me dejarán colgada.

Dictados para personas de Segundo de Bachillerato

Dictado 4

Persistía un calor que las nubes oscuras que cubrían medianamente el cielo ardiente de la tarde hacían más sofocante; el viento las arrastraba y a su paso iban proyectando sombras sobre el campo; las hojas de las vides poseían un tinte acerado. La monja se interesó por el viaje de Augusto Aixelá y por el resultado de las gestiones que le habían llevado a la ciudad más importante y él le narró que el viaje fué un verdadero suplicio, que el tren sufrió los retrasos comunes y por último lo había depositado, exhausto y tiznado de carbonilla de los pies a la cabeza, en un Madrid terriblemente caluroso: las calles estaban desiertas y el asfalto derretido se adhería a la suela de los zapatos; afortunadamente, añadió, el hall del hotel en que se hospedaba disponía de un sistema de refrigeración increíble, inclusive excesivo; por lo demás, agregó, el asunto que había animado un viaje tan intempestivo aparentaba encaminarse, por lo menos a su juicio, hacia una satisfacción determinante. Resumiendo, acabó diciendo, más allá de las incomodidades, el viaje había resultado satisfactorio. Se ve, ha dicho, que sus rezos me han acompañado.

Mal tienen la posibilidad de haber intervenido mis rezos en unas gestiones cuya naturaleza desconozco completamente, ha dicho la monja. Usted las desconoce pero no Dios, replicó el señor Aixelá, y quizás el Altísimo, convencido de que poco puede hacerse ya por la salvación de mi alma, tomo la decisión de utilizar sus oraciones a cosas más mundanas.

Dictado 5

Fuera de este hecho pintoresco, nada más le puedo contar: como todos los años, la pérfida sequía está próximo de arruinar las cosechas de frutales; además le hemos echado a usted de menos.

En Madrid me dijeron que este verano se habían alcanzado las temperaturas más altas del siglo, comentó Augusto Aixelá, un mediodía en la calle de Alcalá tomé un taxi y tuve que apearme a medio camino, porque dentro del transporte el aire era realmente asfixiante. ¿Hizo usted lo que me prometió?, hizo la pregunta la monja, ¿le mostró mi emprendimiento a su gestor? Hice algo más, respondió el cacique, en Barcelona me tomé la independencia de sacar una reproducción fotostática de los papeles y me la llevé conmigo a Madrid con la promesa de que ahí podría llevar a cabo algo con ella, y de hecho, deambulando por los pasillos del Ministerio de la Gobernación, a donde me habían llevado mis asuntos, tropecé con un obsoleto compañero de facultad que exactamente tiene un prominente cargo en la Dirección General de Sanidad; desde luego, me faltó tiempo para hablarle del emprendimiento, por el que se mostró interesado; al día siguiente un ordenanza vino al hotel a buscar la copia que yo me había llevado y a estas horas sus fantasías tienen que estar en manos del mismísimo director general; ya ve que no posee fundamentos para regañarme.

Dictado 6

Antes de salir se detuvo en el umbral del gabinete. No sé cómo expresarle mi agradecimiento, balbució. No posee por qué llevarlo a cabo, ¿se encuentra bien?, ha dicho Augusto Aixelá. Sí, sí, realmente bien, respondió, se lo aseguro; a lo mejor un poco alborotada por lo cual me ha contado: algunas veces, añadió, cuando se pone el corazón en algo, es complicado no dejarse llevar por las emociones, es una cosa pueril, ya lo sé. Salió del gabinete, cruzó el vestíbulo escueto y, ya en el jardín, el sol le dio de lleno en la cara, no vio el escalón que mediaba entre la puerta y el suelo, trastabilló y se habría caído si unos brazos no la hubieran sujetado. Al volverse percibió la cara abotargado y el aliento vinoso del jardinero; su abrazo era estable, pero no rudo, y de su fisonomía aparentaba haberse eliminado la expresión de idiocia.

En relación la monja hubo recobrado la estabilidad, la soltó y salió unos pasos; en la mano sostenía la boina respetuosamente. Gracias, el sol me había deslumbrado y no vi el peldaño, ha dicho ella. Anduvo hacia el sendero y él la seguía; la vegetación, remozada por las lluvias recientes, daba al lugar un aire selvático, malsano. No es necesario que me acompañes, le ha dicho, conozco el sendero. El idiota seguía pegado a los talones de la monja; ella aceleraba el paso y él además. Sonreía exponiendo una dentadura especial. Dios misericordioso, pensó la monja, que no me pase nada malo. Solamente había formulado esta iniciativa cuando se topó inesperadamente con los dos perrazos. No tenga miedo, murmuró el idiota; entonces ella comprendió que él la acompañaba para cuidarla de los perros. ¿Es usted del Hospital, hermana?, hizo la pregunta el idiota. Sí, ha dicho. Ah, exclamó él, es una aceptable acción, una aceptable acción.