Dictados en Castellano

Lista de Dictados en Castellano (Español)

Dictado 1

—Puedo asistirle en eso, porque las áreas de trabajo del sheriff no están lejos y no va a ser bastante el tiempo que pierdan en llevar a cabo la distribución. Instó a dos mozos que paseaban por el andén sin nada urgente que hacer en aquel instante y les ordenó: —Escuchad. Vais a haceros cargo de un pájaro de muchas alas que tengo aquí encerrado en mi despacho y lo llevaréis a las áreas de trabajo del sheriff para que lo custodie atentamente en sus jaulas. Decid que vais por orden de Flack Hanford y que éste le enviará normas después. El jefe abrió la puerta y cuando penetraron para hacerse cargo del preso, observaron con desconcierto que desapareció. Una ventana que había al fondo de la cabina del jefe y que daba a la parte posterior de la estación, se encontraba abierta. — ¡Maldición! — exclamó el jefe —.

No me percaté de la ventana y… Flack quedó tenso y contrariado frente la fuga, del duro Roger. Aquello podía complicar bastante las cosas, pero por el momento no poseía remedio. —Ya es inservible lamentarlo — clamó con íra —. A entender a dónde va a existir ido y yo no tengo tiempo para perseguirle, porque queda algo más relevante. De todas formas, informen al sheriff de lo que pasó para que le busque, a conocer si consigue encontrarlo. Yo me pondré en comunicación después con él para entender qué consiguió.

Dictado 2

Laia, apoyando sutilmente los codos en los hombros de él y con suma capacidad, desabrochó la cadena y le entregó el broche. Grieg encendió una lámpara ubicada junto al sofá y extrajo de uno de sus bolsillos una chiquita navaja de cachas nacaradas que, en alguna oportunidad llevando a la práctica alpinismo en el Montblanc, le había salvado de una más que posible muerte, y que desde ese momento siempre llevaba encima como amuleto. Tras numerosos intentos infructuosos, la afiladísima punta penetró en una diminuta hendidura, que al girar la navaja noventa grados logró que el colgante se abriese en dos mitades.

El interior de la joya, creada y compuesta en la época del siglo XIX, enseñaba en la sección derecha su oculto e inquietante fundamento. En un muy brillante oro amarillo sobre el que resaltaban una docena de chicos diamantes y esmaltes al fuego de un inequívoco estilo modernista, podían contemplarse dos raras figuras dentro de una chiquita barca, que poseía dirigido el rumbo hacia un destino desolador: las puertas del infierno. A Grieg se le demudó completamente la cara al contemplar la parte interior izquierda del broche, en el que figuraba grabado un nombre. Súbitamente supo que la enigmática invitación a la cena de gala, el comedor privado en el mismísimo Círculo del Liceo, el caviar, la botella de champán del zar… todo lo acontecido aquella noche se encontraba relacionado con un asunto muy serio, que completamente nada poseía que ver con su ex mujer.

Dictado 3

El raro adulto mayor extrajo del bolsillo superior de su de america un estuche de piel y, tras abrirlo, escogió uno de los tres cigarros habanos que había en el interior. Ahora encendió el puro con un enorme encendedor de plata que reposaba sobre la mesa. —Disculpe los chicos subterfugios de los que he debido valerme para hacerle venir hasta aquí…: el artificioso malentendido con las iniciales de la adorable Mónica Valentí… —Una enorme bocanada de humo salió de manera impetuosa de su boca antes de continuar—: No me negará que llevar a cabo encajar las iniciales M. V. de su ex mujer con las del inmortal arquitecto M. Viguier, que era uno de los varios seudónimos que el conde de Saint Germain empleó, tiene su mérito y su chispa de felicidad. El adulto mayor volvió a sonreír enigmáticamente e logró una pausa. —Discúlpeme, pero ya sólo me quedan estas pequeñas diabluras para divertirme…

Créame, es más creativo y entretenido así… Bastante superior que enviarle un fornido emisario para que le retorciese el brazo… Además, ya le advertí que cuando le citase usted vendría por su pie y sin entender que era yo quien le requería. Era parte del trato, ¿recuerda? —¿Cómo puedo saldar la deuda? —preguntó Grieg, escrutando todos los movimientos del adulto mayor. El decrépito acreedor expulsó el contenido que albergaban sus pulmones y el espeso humo del tabaco envolvió su cara, rejuveneciendo sus facciones. —Le introduciré sucintamente en el tema. —El adulto mayor extendió su macilento índice izquierdo—. ¿Sabe a qué personaje representa esta exquisita escultura? Sobre la mesa reposaba una turbadora figura de cerámica que enseñaba la forma de una mujer vestida con ropajes muy amplios, que sujetaba un libro en una mano, una rama dorada en la otra y que poseía la cara completamente devorado por las arrugas y por la edad.

Dictado 4

Acertadamente, Gabriel conocía muy bien al mítico personaje que representaba aquella figura: tenía que ver con la Sibila de Cumas. La leyenda decía que Apolo le concedió el deseo que ella quisiera. Eligió vivir muchos años como granos de arena cupieran entre sus dos manos. El deseo que solicitó le fue concedido, pero olvidó pedirle al dios el don de la eterna juventud, por medio de el cual conservaría el mismo aspecto que poseía cuando era joven. Envejeció tanto, que se descarnó, y debieron encerrarla en una jaula que colgaron de las murallas del templo del mismo Apolo. A ella acudían los escasísimos fatales que pretendían traspasar en el infierno, estando todavía vivos.

La rama de oro que sostenía en la mano era el pago que debían hacerle a Caronte, el barquero del Hades, para que les permitiera atravesar la laguna Estigia y conducirles hasta la boca del boquete del averno. Se causó una extendida pausa. —Créame, mi discreto moroso, hay pensamientos que sólo tienen la posibilidad de nacer de los viejos, y le aseguro que… —El adulto mayor acarició el descarnado rostro de la sibila—… si la vida de la gente transcurriera hacia atrás, oséa, si naciéramos viejos y muriésemos plácidamente acunados en el útero maternal… las guerras se harían para ganar tiempo… no oro. Gabriel Grieg observaba con cautela al adulto mayor. Notaba en él el mismo halo de secreto que apreciaba todos los días en su trabajo de restaurador, en las viejas iglesias románicas o en las oscuras criptas subterráneas erigidas entre los pilares de las catedrales.

Dictado 5

Me agaché para estudiar los restos de paja quemada. Evidentemente fue una choza simple, que acababa de arder. Se encontraba en la mitad de un pueblo achicado a cenizas, ¿pero por quién? Me volví hacia otro católico que estudiaba restos además, y al verme él además se encogió de hombros. Todo aquello era muy raro. Yo miraba a todos los lugares, porque esa selva era muy traicionera. Dentro de sus follajes verdes y colores vivos, se escondían animales salvajes, frutos venenosos y desde luego, indios. De la nada podía salir una flecha y terminar con tu vida, sin que tan si desee supieras quién lo había hecho. Y los indios, aunque muy salvajes ellos en sus prácticas e idolatría, sabían llevar a cabo la guerra realmente bien.

Familiarizados ellos al lote, podían ser fatales. Miré hacia la empresa de por lo menos dos docenas de hombres y no veía a ninguno alerta. No el alemán ese que mentaban Alfínger. Él, con su rostro serio y amenazante que se escondía detrás de su barba de color rojo, se volvió y le susurró algo al otro alemán, Jorge de Spira. Éste último era algo más joven, de cabellera negra, pero igual de blanco que el otro. Los pobres, con el sol de Tierra Estable, ya en lugar de blancos habían tomado un color rojizo que me recordaba a un pollo crudo. Le ha dicho algo en alemán, supuse yo, y después vieron y señalaron a sus alrededores.

Dictado 6

Mientras las imágenes desfilaban con eficacia y las caras lindas sucedían a los rostros sombríos, y los ojos coquetones de las bellísimas mujeres pasaban como un relámpago para ceder el puesto a las miradas sin interés de los hombres que bailaban, me preguntaba qué promesa podría abrigar el más listo de los espías de transcribir el secreto que me intrigaba en un salón similar. ¿Cómo podría denominar en un momento al hombre o a la mujer que participó poco o bastante en los espectaculares robos que asombraban a la localidad? Y si aceptaba que nada podía hacerse, ello significaría que la venta de joyas alcanzaría en Londres el más reducido de los escenarios que tal comercio hubiera experimentado, y que yo, en lo personal, iba a padecer unas pérdidas verdaderamente abundantes y difíciles de calibrar.

He dicho en muchas oportunidades, al anotar en mi libro varios de los casos más atrayentes que habían llegado a mi conocimiento, que no soy ni bastante menos un detective ni tengo en lo verdaderamente mínimo el don de traspasar los misterios de mis semejantes. Cuantas ocasiones tuve que ocuparme de algún inconveniente lo hice por fundamentos muy personales o con la promesa de ser útil a alguien que después pudiera ayudarme de alguna forma, pero jamás me he valido de ninguna arma que no fuera una alguna dosis de sentido habitual. En la inmensidad de asuntos en que intervine, la más pura buena suerte solía facilitarme la exclusiva clave que existe para solventarlos; un hecho fortuito me encarriló por la vía a continuar cuando cientos de pistas se presentaban frente mí.