Dictados para Cuarto de la ESO

Dictados para niños de Cuarto de la ESO

 

Dictado 1

Unos seres cuyos rostros nunca vio en parte alguna ni supuso que existieran. ¿En qué sitios de la región estuvieron escondidos?, se preguntaba. Dentro de todo el mundo familiar, Sol, de todas formas, halló cosas. Más patente que jamás, la sensación de que nada conocía de sus padres, de que algo la separaba de ellos desde hace tiempo, la invadía en este momento. Jamás ha podido imaginarse a su madre como una mujer que solamente aparentaba entender llorar, que escondía sus joyas en sitios inverosímiles.

 ¿Por qué se mataban los hombres en la calle? ¿Por qué su padre, que siempre fue bueno y honrado, se escondía como un criminal? Él, a quien siempre creyó admirado y respetado. Una enorme situación se hacía palpable y crecía frente sus ojos: unos hombres estorbaban a otros. Había mujeres desgreñadas, famélicas, que gritaban rabiosas. Mujeres que, sin lugar a dudas, no sabían lo que pretendía decir aburrimiento.

Dictado 2

Y jóvenes con las cabezas repletas de costras, súbitamente hermanados, formando de un día para el otro una monstruosa y colosal familia, agobiante, obsesiva. Sol sabía que el cercano del sol amanecía lleno de cadáveres. Que había charcas viscosas en varias calles, manchas temblorosas de sangre. Y era recurrente, diaria, la novedad de algún amigo muerto. Muerto, huido: dos expresiones que martilleaban en su cerebro. La multitud buena, la multitud permitida, muere o huye, oía.

Sol se levantó de un salto. Algo le oprimía el corazón. El calor se intensificaba y notaba en este momento su humedad en la espalda, en la nuca. De repente, sintió la necesidad de estar con su padre, de acompañarle. Desde hacía dos días, permanecía completamente oculto, nervioso. Fumaba un pitillo tras otro en su cuarto. Poseía miedo. Había un continuo batir de miedo, desde hacía dos días, en la cuarto de su padre.

Dictado 3

Algo que se espesaba en la atmósfera, rodeándole, ciñéndose a su frente. Sol empujó la puerta y entró sin llamar. Se encontraba echado, viendo al techo. El cigarrillo, entre sus labios, se consumía lentamente. La ventana abierta dejaba paso a toda la luz de la tarde. Al fondo, después de los tejados, el mar brillaba como un hilo cegador. Sol se sintió invadida por la melancolía, todavía tan próxima, de los días en la playa, del viaje por la carretera de la costa.

En este momento, los milicianos se incautaron del Ford, nuevo todavía, que padre compró hace poco con tanta ilusión. A Sol la apenaba, más que la pérdida del coche, los ojos de pequeño que poseía su padre cuando lo compró, cambiándolo por el viejo, ya obsoleto. Le encogía el corazón la boca de su padre, esos labios duros, con un temblor contenido, pulsando el cigarrillo. Se acercó y apoyó la cabeza en su brazo. Notaba el olor de su cuerpo: su calor. Le cogió la mano. Eran las manos que compraban las bicicletas, que compraban los coches nuevos, que empujaban carretera adelante, vida adelante. ¿No había algo ingenuo, inclusive, en las manos de padre? ¿Cómo hubiera podido ella explicarle a nadie que eran estas manos, estas cosas, las que la llenaban de tristeza?… Supo, de repente, que poseía que mencionarle algo, explicarle lo que le gritaba dentro del pecho.

Pero no podía. Y se estremeció. De improvisto, tuvo la sensación de que debía ganar tiempo, que algo se precipitaba alrededor de ellos dos. Debía darse prisa en comentar con él de todo lo que guardó a lo largo de años en sí misma, y no sabía decir. Apretó más la cara contra él, con la garganta oprimida. Su padre seguía inmóvil, viendo fijo al techo, como si ya hubiera empezado a irse finalmente de su lado. Como si ya fuera tarde para todo.

Dictado 4

Un cortejo de luces y sombras, de sonidos, de deseos, de color, de luchas y de recompensas acababa con él. Se piensa en ocasiones en la desaparición, quizás se piensa siempre en la desaparición y no se estima que logre ser tan corto, tan fácil, tan rotunda. Sol se quedó quieta, como golpeada. Un largo tiempo luego, todavía suponía guardar entre los labios aquel gusto salado, el sudor inservible de un hombre que por el momento no estaba. Los días continuaron. Seguían, uno tras otro, como sus vidas. Sol, desde la terraza, vio arder los santuarios, la localidad emborronada por enormes resplandores rojizos y el polvo negruzco del hollín; las nubes cruzaban el cielo, sobre la localidad, hacia otros territorios.

Dos ocasiones todavía, luego de aquella noche en que se llevaron a su padre, llegaron patrullas de hombres y registraron el piso. Irrumpían con crueldad y golpeaban los muebles con la culata de los fusiles. Se burlaban de los cuadros de las paredes y los rasgaban, frente el estupor de Sol y Eduardo. Comprendían que buscasen los elementos de valor, pero no que destruyesen lo que no les servía para nada. ¿Por qué odiaban un cuadro, por qué rompían un Jarrón de porcelana? Algo había ahí, algo oscuro y triste, que Sol no podía ver, pero que presentía. En alguna oportunidad, hubiera esperado preguntarles qué buscaban, si ahí no se encontraba ya su padre. Pero solamente les miraba. Con sus ojos grises, pausados, que en ocasiones parecían de cristal.

Dictado 5

Cedió el verano, después el otoño. El cielo, todavía manchado de rojo en algún punto, se le antojaba una enorme sonrisa indiferente. Los talleres de fundición fueron colectivizados. Eduardo se transformó en un jovencito de quince años, muy prominente para su edad, tan prominente como su padre. Pasaba la más grande parte del tiempo tumbado en la cama, leyendo. Fue el primero de la familia en salir a la calle. Al inicio eran salidas furtivas, temerosas. Volvía con libros, unos libros gruesos, en rústica, con portadas chillonas, que apilaba en su cuarto. Sol le veía leer con avidez. Algo había en su mirada que denotaba alguna agrado por el rumbo que su vida iba tomando. Por alguna razón había instantes en que Eduardo aparentaba feliz.

Hasta el momento, su historia fue como a rastras de algo, obligada. En este momento, por vez primera, aparentaba llevar a cabo lo que más le gustaba. No poseía, aparentemente, ninguna preocupación. Asomado a la ventana, contemplaba la localidad con rara avidez. Había empezado además a fumar. Siempre se encontraba cubierto de miles de colillas al terminar la lectura. Sol llegó a creer que Eduardo veía todo aquello como una cosa suya, para su provecho, aunque no le interesasen sus causas ni pudiera tomar parte en ellas.

Dictado 6

Elena, desde la desaparición de su marido, pareció volcar todo su amor hacia Eduardo con más intensidad. Buscaba en él un acompañamiento que el joven se encontraba muy lejos de proporcionarle. Sol veía el gesto de fastidio con que Eduardo recibía las caricias y efusiones de su madre. Cuanto más cariño le demostraba, más deseo de distanciarse manifestaba él. Comenzó a salir de casa con más continuidad y cada vez sus ausencias eran más prolongadas. Nunca decía dónde estuvo. Compraba libros y cigarrillos, leía y permanecía largas horas pensativo. No daba explicaciones de sus pasos, más allá de que Elena —para quien él sería siempre el niño— sufría con sus ausencias cuando éstas se prolongaban bastante, y él lo sabía.

Temía que le pasase algo malo, le suponía acechado por mil peligros. —Dios mío, no salgas tanto —le suplicaba—. No tienes idea en qué tiempos de riesgo vivimos… ¿Es que no te acuerdas de padre? Ten paciencia, espera hasta que todo se normalice. La promesa de que en poco tiempo todo se normalizaría era lo que mantenía a Elena. Aquello no podía permanecer, no era de este planeta. Alguien, muy próximamente, acabaría con aquel infierno. No podía ser. Sus expresiones herían a Sol, que la escuchaba en silencio. La circunstancia económica comenzó a ser apurada, ya que les fueron confiscando todos sus bienes. Se defendían por medio de los préstamos de algunos amigos que consiguieron socorrer parte de su fortuna. Después, clandestinamente, Elena comenzó a vender las joyas. De esta forma, suponía, podrían soportar hasta el día en que todo se normalizara. De cualquier manera, sus costos eran muy restringidos.