Dictados para niños de 5-6 Años

Dictados para niños de cinco y seis Años

Dictado 1

Aquel matrimonio murió de muerte natural, como tantas ocasiones pasa en las parejas, pero dejó, entre Miguel Angel y yo, un cariño que nos hermanará para siempre”. Y enseguida, como si todavía no le hubiera avergonzado lo bastante, le lanzó al marido estas expresiones que siguen a la cara: “He dicho ‘cariño’, y no ‘amor’. Resulta morboso que consigas recelar del hermano de quien has elegido libremente para compañera de tu vida”. Y por fin, como si quisiera contrarrestar la dureza de las postreras oraciones, logró un puchero con la boquita y, tras una profunda expiración que mostró frente el planeta la intensidad de su pena, ha dicho todavía: “¡Yo si que poseía que sentir celos!.. Me agradaría entender la clase de pelandruscas con las que alternas cada tarde al irse de la oficina, de forma que llegas a casa sin ganas de tomarte mi sopa Juliana…”.

Seriamente afectado por las secuelas de su desconfianza y, mientras llenaba su plato hasta los bordes con el humeante contenido de la sopera, Emiliano había peguntado mimoso entonces a Mari Tere,: “¿No vas a ver en mí, con el tiempo, a otro nuevo hermano?..”. Y ella le tranquilizó llamándole por su nombre:“¡Tonto!.. ¡Cómo puedes imaginarlo siquiera!

Dictado 2

Sentado en su silla de trabajo, corrió por ahora por todos lados del ring como si estuviera sonado. Reza intentando de concentrarse en la ristra del fuet de Vic que guardaba tras unos diccionarios en cierto estante de la librería, una manera como otra alguno de conjurar la melancolía de la Cataluña de su alma; reza valorando la conveniencia de aceptar el sustancial pack accionarial de la compañía de interfaz gráfico en que se empleaba, y que esa misma mañana le había vuelto a prestar, a bajo precio, claro, el ex marido de Mari Tere. Todo para intentar espantar de su cabeza la figura de la gerente de programas informáticos que acababa de comprender en el despacho de Miguel Ángel, tal fue el encontronazo que le causó la sentenciada. Pero la estratagema terminó inservible…

De forma inesperada, la chica dio unos etéreos golpecillos con los nudillos de la mano derecha sobre el panel de cristal que aislaba su cubículo del resto de la oficina y él abrió la puerta del mismo para corresponder, seguro, por otro lado, de que el upercut del amor le alcanzaría como un mazazo en pleno plexo del sol, donde las opciones de rehabilitación son, exactamente, más pocas. “Dice Miguel Ángel que tomes tu la elección final”, rompió a comentar Cecilia una vez dentro de la cuarto, por cuyo interior se supo abrir paso con suma felicidad más allá del caos que la presidía. “El ha elegido algunos programas, pero quiere que corrobores la elección. Tiene una comida inaplazable y se ve que te tiene una seguridad sin límites…”. Emiliano cargó el PC con uno de los disco compacto que le tendió la joven y ejecutó determinados comandos en el teclado, pero próximamente se cansó de la operación.

Dictado 3

Como cabía aguardar, Emiliano volvió a sufrir a lo largo de la cena aquella perturbación que sintiera al conocerla, la fastidiosa punzada en las proximidades del corazón, sino en el corazón mismo, pero no le preocupó porque ya sabía a que atenerse. Sin acordarse para nada de la sopa Juliana, que para entonces gozaría sola Mari Tere, se encontraba en este momento con Cecilia distribuyendo unas huevas de atún y una trucha salvaje y asalmonada, y era el hombre más feliz de la tierra. De hecho, que la molestia física referida se le pasó en la cama de una cuarto del piso en el instante superior al lugar de comidas donde Cecilia se dejó arrastrar sin más trámites, tras gozar aún de un helado de dos sabores y de una exquisita copita de oporto.

“Nunca hice mejor el amor”, reconoció Emiliano cuando consiguió normalizar la respiración, modificada por aquel despiadado orgasmo que acababa de sentir. “Aquí el aire es muchísimo más puro que el de la ciudad”, ha dicho Cecilia que aparentaba tener la clave de la brutalidad de los orgasmos. “Quizá sea una tontería, pero para mí que estas cosas influyen”, añadió como si temiera malas interpretaciones. Se oyó un silencio que rompieron los grillos, el ramaje de los pinos acunados por un viento despacio que transitaba el exterior, las mariposas de la luz que revoloteaban alrededor de la lámpara de la habitación; en fin, esos deliciosos ruidillos que amenizan la vida rural y que uno valora cuando se desprende de tensiones, impertérritas compañeras en la cotidianidad de la región.

Dictado 4

Miguel Ángel tomó una de sus manos entre las suyas y el otro se lo agradeció porque se encontraba muy necesitado de cariño. Aquél lo comprendió de esta forma y enseguida le acarició la cabeza y después le presionó para que siguiera sus pasos. Incapaz de racionalizar la circunstancia, Emiliano se dejó conducir al dormitorio del amigo que, una vez ahí, empezó a desnudarle y a desnudarse entre evidentes signos de excitación hasta que han quedado los dos en la intemperie más desoladora o, dicho de otra forma, en pelotas. Para él todo acontecía en una nube, pero antes de que empezara a llover, se sintió iluminado por un raro rayo de lucidez y comprendió lo que se se encontraba jugando.

En fin, no contento con todo lo que le había hecho, aquel hijo de puta le trataba en este momento como a una de esas rameras (con perdón de Mari Tere, su señora) a las que humillaba cuando le venía en ganas. Cargado otra vez de un rencor que todo el alcohol de todo el mundo no ahogaría nunca, Emiliano olfateó por un instante la oportunidad de la venganza y, sin encomendarse al diablo ni bastante menos a Dios, sacó a pasear sus superiores talentos de seducción y consiguió poner a Miguel Ángel en la cama boca abajo, en el instante de lo cual aproximó su feroz virilidad a ese agujero del yacente que todos enseñaríamos en su misma posición. Si por un momento Emiliano congeló no obstante el movimiento, fue para regodearse con el inmediato instante en que se vería vindicado de las afrentas infringidas por el dueño de aquel asqueroso agujero que en este momento poseía frente sus ojos. “El dulce excitación de la venganza”, como se encontraba famoso por los clásicos.

Dictado 5

Sin titulación específica alguna, no le terminó complicado a la mujer detectar el estridente griterío que se amplió entonces por la suya desde la cuarto de al costado. Llegaban los indios a la pradera del TV frente la que dormitaría Nicolás, su marido, y la inesperada acometida alertó en su cabeza la establecida sospecha de que además ella pagaría las secuelas.

De repente, todo fue silencio y, enseguida, el hombre se enseñó, de hecho, en el quicio de la puerta del dormitorio con los ojos hueros por un vértigo delator, que se revelaba, además, en la indefinición de su paso. Cuando se pudo ver otra vez en traje de andar por casa, Marta sintió que un calambre de estremecimiento recorría su cuerpo. Sí, Nicolás era el asesino de esos pobres sioux que no cometieron otro pecado que el de proteger el lote que fue de el hasta el último aliento de sus vidas. El mando a distancia del electrónico en su mano derecha era prueba irrefutable.

Dictado 6

Incapaz de lograr el desenlace de una película cuando suponía intuir el desenlace, de ese chupete mamaba día tras día la sangre que le alimentaba el sueño, la de Jeannette McDonnald y Gard Gable, a los que no permitió culminar nunca el beso que prendió fuego San Francisco; la de Joel Grey, al que jamás dejó clausurar dignamente su Cabaret, o la de muchos otros ídolos del celuloide merecedores de mejor trato. Por eso la mujer se negaba a acompañarle en sus sesiones asesinas de video con la que el marido remataba indefectiblemente las jornadas. No pretendía irse a la cama con las manos manchadas. A él, eso no le preocupaba.

En el aseo anexo a la estancia borraría en este momento el gusto de la sangre de los indios, que le quemaba en la boca con un extenso ejercicio de gárgaras cuya repugnante sonoridad le ofendería a ella sin remedio. Cuando le volvió a conocer, las fauces de Nicolás parecían dignas de recibir el cuerpo de Cristo, de relucientes como estaban. Para entonces ella comenzaba a dudar de que el policía inglés de la novela estuvo en algún momento en Oxford; oséa, comenzaba a dudar de que fuera verdaderamente inglés. La pista que seguía no llevaba a ninguna parte y el malo de la historia ganaba de esta forma un tiempo precioso para desarrollar sus proyectos.