Dictados para niños de 6-7 Años

Dictados para niños de seis y siete Años

Dictado 1

En un background de su atención, los últimos movimientos de Nicolás tampoco estimularon las neuronas de su sorpresa. Por supuesto, si el policía inglés fuese un egresado de Oxford, no hubiera advertido Marta que aquél se despojaba del batín, escogía de la confortable un pañuelo moquero para esconderlo en uno de los bolsillos del pijama e ingería la pastilla para la tensión con un extenso trago de agua. Pero la bastardía de ese agente de pacotilla dificultaba su concentración, tal es así que podía ser, al tiempo, lectora de una novela de secreto, crítica silente de la rutina del cónyuge y cazadora de moscas si alguno de esos insectos le hubiera importunado, cosa improbable ya que la historia que contamos acontecía en un invierno frío por demás. Dentro ya del lecho, Nicolás se acomodó en el filo del mismo sobre su lado izquierdo y se cubrió completamente con el edredón para ingresar cuanto antes en calor y protegerse de la luz que le llegaba desde la mesilla de la mujer. Pero, como el resultado en relación con la más reciente intensión no fue el apetecido, intimidó a ésta con mencionarle el nombre del asesino si mantenía la lamparilla encendida. Aparentemente, había leído la novela una tarde alguno en que se olvidó de rentar DVDs en el lugar donde lo hacía cada tarde antes de volver a casa. Marta, que no era de las que ignoran sus derechos, logró ademán de marcar el número de la Organización Contra los Pésimos Tratos a las Mujeres en el dispositivo móvil que, en su presencia, mantenía siempre al alcance de la mano. Y él, resignado, se incorporó un poco sobre las almohadas, iluminó su espacio y decidió hojear un semanario de información y diversión que ella le cedió con la misma displicencia del que otorga un juguete al pequeño para que deje de fastidiar.

Dictado 2

Nicolás era ya el exclusivo con la capacidad de sorprenderla. Tal que las alas de una mosca cojonera, sus manos revoloteaban nerviosas sobre la publicación como si en vez de ésta va a gozar entre las mismas de la presencia real de la modelo ahí representada: Una caricia en este cachete del culo, un pescozón en uno de las tetillas… La tía, por supuesto, se encontraba como para comérsela. Nicolás se comió una foto en que la maniquí posaba a 4 patas para enseñar el volumen esférico de su trasero; otra donde se abría de piernas en oposición al propósito, mientras su cara, medio oculta por unas medias de seda, enseñaba la encendida oquedad de una boca absorbente… Fue todo un festín y, de no recomponer a tiempo en que ahí se acababa la chicha, se hubiera comido el artículo de Javier Figuero impreso en la página donde acababa el Edén, tanta hambre atrasada poseía el tipo. Excitada como aquella manada de indios que defendió su identidad en las praderas del TV, Marta lanzó el libro a numerosos metros de distancia y clavó una flecha envenenada en el entrecejo del policía inglés, allá se las apañase él con los entendimientos comprados en la Facultad de Oxford. Próximo éste de expirar, Nicolás se volvió a ella y, al notarlo próximo, dudó si el equipaje que le se encontraba depositando en el muslo era el semanario arrebujado en que inspirara antes su fantasía o el músculo viril que tan extrañas ocasiones sacaba a pasear de la entrepierna. Muerto finalmente el detective, tendría que solucionar el secreto por sí misma.

Dictado 3

Lo resolvió al verle despojarse del pijama. El cuerpo de Nicolás quemaba de tal modo que el inconveniente era ya pan comido. Lo que logró en adelante lo hubiese hecho algún mujer a su temperatura. Preparada para 4 patas para enseñar el volumen esférico de su trasero, él embistió como una fiera hasta llenárselo, pero Marta se abrió de piernas en oposición al propósito del contrincante, que se vació otra vez en el sitio propuesto, mientras su cara, medio oculta por unas medias de seda, enseñaba la encendida oquedad de una boca absorbente a la que no tardó en llegar el marido, confiado de topar al fin con el más destacable extintor. Han quedado como pavesas sobre el campo de guerra, a merced del aire, ya que, con todo, se vieron obligados a abrir la ventana para relajarse, aunque era pleno invierno. Antes de dormirse, Nicolás no tuvo siquiera fuerzas para ponerse el pijama. Por lo cual a Marta respecta, solamente lo descubrió para prometerse una próxima llamada de agradecimiento al director de la publicación. Cumpliría el deber a la mañana del próxima día, porque hay cosas que no es conveniente dejar para después. Y sucede que no era solo el dinero que se le dio por posar en aquella sesión fotográfica reproducida en el último número de la revista, y del que se sirvió para tapar alguno de esos agujeros que siempre hay en toda economía doméstica… Algunas cosas están, inclusive, por arriba del dinero.

Dictado 4

No intentamos decir con esto que el nuestro fuera uno de esos hombres enmadrados con los que con tanta simplicidad tropiezan los freudianos argentinos y las escritoras de cursos feministas. No, no, Daniel Santacruz poseía su propia vida laboral como podólogo, otra de relación con los amigos para jugar al mus y al golf y beber gin tonics e, inclusive, una tercera de crápula con tres o 4 amantes para cambiar, ninguna de las cuales se aparentaba a la madre, aunque tampoco se le ocurría pensarlas para sustituirla en su corazón. Al fin y al cabo, un tipo habitual que no tuvo la suerte de hallar a su debido tiempo la mujer perfecto para acompañar su vida y la de la progenitora. Afortunadamente para él, ésta supo paliar con creces la desgracia: Le hacía comiditas, le planchaba las camisas a su gusto y jugaba con él cada noche a la canasta y a las tres en raya. Se comprende que la pobrecita dejara tras ella un terrible vacío en el personaje principal de nuestra historia.

Dictado 5

Sería complicado. Para un hombre con sus méritos intelectuales y con su sensibilidad, los matices más nimios de relación con los raros están siempre acompañados de espectaculares incomodidades y chicos resquemores. Además, sustituir a la más santa entre todas las mujeres no era compañía simple. ¿Dónde hallar una mujer que planchara los cuellos de camisa como ella, dónde que cocinara sus platos sin traicionarlo?.. Sin indagar demasiado, esa misma noche, superados los enojosos trámites que se ven obligados a enfrentar los familiares tras la desaparición de un individuo cercano, Daniel Santacruz dejó un rato a la externa peruana a cargo del velatorio y salió a casa a comer unos callos a la madrileña que madre le había guardado desde el mediodía. ¡Qué obra de arte!.. Sí, sí, ¿dónde hallar a una mujer con la capacidad de llevar a cabo unos callos a la madrileña como esos y reservártelos para la cena sin que pierdan aroma ni gusto?.. A lo largo de el mes que siguió, Daniel Santacruz probó a tres internas, pero en ninguna descubrió las características que exigía. La primera, que era filipina, cortaba todos los comestibles en porciones muy pequeñitas y a él eso le daba bastante asco porque no sabía si le se encontraba dando ternera o rata; la segunda y la tercera eran españolas, pero aquella le quemó el cuello de una camisa de seda donde se había hecho bordar sus iniciales en el delantero y esta cantaba a lo largo del día por bulerías. Además salió con unos cuantos mujeres, una clienta suya a la que en una sesión previa le había dejado unos pies como para mostrar, pero que le gustaba exhibir a bastantes hombres, y una consocia del club deportivo de la que se alejó enseguida, abochornado al darse cuenta de que nunca subía de – 4 en el paseo del campo de golf del complejo.

Dictado 6

Pero como, mientras hay vida, hay lo otro, alguna mañana Daniel Santacruz acunó, de repente, una exclusiva promesa. Promesa, una señora de buen ver y superiores formas con la que en algún momento había coincido en el momento del desayuno en una cafetería cercana a su consulta, le mencionó que organizaba excursiones a localidades cercanas a Madrid de gente sin relaciones, que podían de esta forma detallar novedosas amistades. Ella era sargento de la Guardia Civil y no hacía aquello por negocio. Solo pretendía ser caritativa con la sociedad donde vivía, siempre con un fuerte déficit de solidaridad. Concienciada del inconveniente, se puso en jaque un día con el cuerpo, pero todavía podía dar muchísimo más, de ahí lo de las excursiones de fin de semana, cuando no estuviera de servicio, naturalmente. Ya que bien, el siguiente no lo se encontraba. Irían a Zaragoza a saludar a la Virgen del Pilar y tenía nuestro personaje principal. Para afianzar el grupo, los pasajeros cenarían la noche del viernes en un reducido lugar de comidas de comida clásico con cuyos dueños ajustaba siempre ella un precio muy razonable. En esta ocasión les harían unos callos a la madrileña. Seguramente se chupaban los dedos.