Dictados para Primero de la ESO

Dictados para niños de Primero de la ESO

Dictado 1

Avanzaron entre el tumulto. Muchos huían a contracorriente. Todo era
confusión y gritos. Se cruzaron con varias patrullas de vigiles que corrían
en dirección norte pertrechados con todo tipo de cubos, escalas y hachas.
Caminaron veloces hacia el río y pronto llegaron a las proximidades
de la Puerta Trigemina, que daba acceso al río y al puerto fluvial, en el
entorno del viejo Foro Boario.
—¡Deteneos! —exclamó Alexiano.
Todo el grupo se frenó en seco. La pequeña Sohemias lloraba en
brazos de Maesa, percibía la tensión en el pálpito acelerado del corazón de
su madre. Basiano y Geta, por el contrario, guardaban el silencio frío del
miedo. Julia miró hacia delante por encima de los hombros de los
esclavos. Pudo ver a decenas de pretorianos, que habían dispuesto
controles militares para salir de la ciudad.
Alexiano se giró y la miró directamente a los ojos. Estaban allí por
ella, ella misma los había empujado a intentar salir de la ciudad.

Dictado 2

En todo ese tiempo Septimio no había dejado de mirar a su mujer.
Julia, por su parte, le había mantenido la mirada, sin muestra de
enfado pero con una determinación que sabía que incomodaba a su esposo.
No lo hacía con esa intención, pero no estaba dispuesta a dar su brazo a
torcer en aquel punto. En la cama podía ser la amante más dócil si eso era
lo que deseaba su marido, pero la sumisión Julia la reservaba solo para las
noches de pasión conyugal. Cuanto antes entendiera eso Septimio, mejor,
y aquel momento era tan bueno como cualquier otro para dejar las cosas
claras.
Septimio, que parecía intuir cierta rebelión a sus deseos por parte de
su esposa, habló con gravedad:
—He permitido que me acompañaras hasta aquí, con los niños,
porque tu presencia me es muy grata, porque te quiero. Lo sabes. Y me
gusta teneros conmigo; pero ahora veo que ha sido un error. Debería
haberte dejado en Carnuntum con tu hermana.
—El caso de mi hermana y el mío son muy diferentes —argumentó
Julia al tiempo que se levantaba de su propio triclinium y se acercaba a su
esposo, que permanecía en pie en el centro de la tienda; los esclavos que
había en las esquinas para servirles comida intuyeron, como había hecho
Leto hacía unos instantes, que era mejor dejar solo al matrimonio y
salieron del comedor de campaña.
—¿Diferentes? Las dos sois mujeres y hermanas. No veo la
diferencia.

Dictado 3

 Las oraciones de la abuela eran interminables y muy complicadas, hasta el punto de que Sol añoró la sencillez de aquel Padrenuestro que le impusiera Mere Colette. Según la postura del que rezaba, aumentaba o disminuía el valor de la plegaria. Así lo decía la abuela, con voz baja y supersticiosa. Tú no sabes rezar, añadía. También estaba escandalizada porque en el colegio no la habían enseñado a bordar. ¡Qué colegios!, se lamentaba. No eran como en sus tiempos.
Abría entonces un arca tallada, y, entre olor a tomillo y espliego, fue mostrándole viejas mantelerías de hilo amarillo y duro, llenas de puntadas.
Todas estaban sin estrenar. Sol bostezaba y se frotaba un pie contra el otro.
Un día, la abuela le enseñó las fotografías de sus hijos. Tuvo diez. Todos vivían aún, y ninguno abortó en su seno, explicó con orgullo. Nueve varones rubios, de ojos azules, y una sola mujer: Elena.

Dictado 4

 Abandonó la foto al fondo del cajón, con gesto distraído, y volvió a hablar de los hijos como de sí misma. Con orgullo y entusiasmo. Tuvo hijos. Tuvo hijos. Sol se estremeció, oyéndola. Había una extraña gula en sus palabras. Sus hijos, unos tras otros, todos vivos. Diez hijos… Sol imaginó a su abuela como una mezcla de vaca y de loba, con sus pasos ladinos con su mirada fría y estúpida. Sus cachorros estaban esparcidos por la tierra. Uno vivía en Francia dos en América, otro en Alemania… Y ella se sentía soberbia, sabiendo que la semilla de su pequeño cuerpo se extendía como una epidemia por el mundo.
—¿Y el abuelo? —insistía Sol, con una vaga angustia. Pero el abuelo tuvo muy poca importancia para la anciana. A fuerza de preguntar, obtuvo lacónicas noticias de él: cazaba, bebía y le gustaba mucho hablar con los jornaleros en las largas tardes del verano. Murió de una pulmonía, hacía mucho tiempo.
Así, poco a poco, Sol empezó a sentir una irreprimible antipatía por su abuela, o por algo impalpable y desconocido que emanaba de ella, de sus plegarias, de aquellas finas tacitas de porcelana que le enviaban sus hijos desde otros países.

Dictado 5

Al mismo tiempo, disfrazado desaparecido por el cuerpo humano. No invadir a los que se esconden y algunas preocupaciones modernas del santo de Pablo. Se introdujo el verano, violento, lleno de perfumes a la jungla y fue la tierra irrigada, a través de las ventanas novedosas. Verano y cientos de gritos silenciosos, muros afilados, aleatorios, arrojan luz a la sombra de la habitación con tinte de fuego. La tierra descubre que ama todo para respirar la vida, aunque está lejos. Era fantástico, creo que la inesperada miel de las hojas mojadas, porque los malos perros de Ausleur vieron las pistas de tren. Pero de hecho y una preocupación increíble.
Un día por la tarde, en una siesta, durmiendo novedad, desde la ventana, el sol escuchó el sonido del agua cayendo de la fuente a las piedras. En el calor de las tres horas por la tarde, el agua y la paleta imaginaron la carretera de cama negra brillante y húmeda, abierta en suelo seco. Estaba dispuesto a romper los objetos de fuego. Para comenzar una huelga, hasta que estés roto, con todas las urnas de porcelana y vidrio. Quería escapar, deslizarse en el suelo con la puerta de hierro y escapar en el suelo. No es la montaña, sino en el suelo, parece que la escultura en tierra. Y correr, correr sin parar.
Desde ese día, disfruta de la novedad la siesta, huyó de casa. Hablé con los jornaleros, con las sirvientas. Son gente sencilla, pero están llenos de corrupción. Poco a poco, su viaje continuó y la abuela se dio cuenta.

Dictado 6

Pero fueron inútiles sus regañinas y prohibiciones; por el momento no había nada que la retuviera. Y la anciana no se lo perdonó. De esta forma surgió su amistad con Ramón Boloix. Eduardo estudiaba solamente a lo largo de las mañanas y lo que falta del día el instructor quedaba libre. Eduardo montaba a caballo o se encerraba en su cuarto a leer. Siempre orgullosamente distante y solitario. Entonces, Ramón Boloix se iba al bosque con unos zapatos blancos de lona que la hierba empapaba de humedad y una caja de acuarelas bajo el brazo. Poseía el cabello gris, los ojos negros y su sonrisa, entre humillada y desdeñosa, aparentaba un escudo contra las expresiones imprudentes. Era dueño de un solo traje, bastante cepillado, y de un solo suéter, bastante nuevo. Sol, en sus paseos, comenzó a hallarse con él cada vez con más continuidad. La conversación de Ramón Boloix, despacio y levemente teñida de amargura —una amargura que ella todavía no comprendía—, la atraía. Le impresionaba, sobre todas las cosas, la sensación de soledad que emanaba de aquel hombre. Una soledad gris, anodina. Aparentaba que hubiese nacido así: solitario y pobre, sofocando manifestaciones en la voz, doblando la cabeza hacia un lado y sonriendo con rápido desdén. No faltaba que hablara de su niñez, de su juventud, de su historia. Sol comprendía que no era exacto comprender los pormenores de aquella vida para imaginarla. Sentía una mezcla de compasión y simpatía por él, y se interesaba cada vez más por comprender sus pensamientos. Se encontraba tan llena de curiosidad por todas las cosas, por todos los seres, que no le costaba apasionarse. Además, con Ramón Boloix, las cuestiones poseían respuesta