Dictados para Segundo de la ESO

Dictados para niños de Segundo de la ESO

 

Dictado 1

Cloti crecía, pasaban los años. A los once años, entró de aprendiza en un taller de modista. Barría el suelo, espolvoreando aserrín. La echaron por ladrona. Sus gatos seguían vagando por las cornisas en las noches ardientes del verano. Alguien los apedreó, y ella les curó las lesiones con un trapo mojado en vinagre. Crecía, crecía. Enfermó, y por las mañanas aguardaba su vez en la antesala de un Dispensario. El hermano más grande seguía peleándose con su mujer, tras el tabique. Temporadas sin trabajo, temporadas de hambre. Encarcelaron y libertaron al hermano menor, hasta tres ocasiones. El hermano menor reía, hablaba, soñaba. Todos creían tener cosas que vengar: una sonrisa, una noche de frío, una cicatriz, su envidia, su descontento, su odio. Su ignorancia, su lenguaje, su hambre y su sed, sin ellos mismos saberlo. Además su pena, sus tristezas, su miedo. Y su paciencia, podrida de rencor. Poseían que vengar haber nacido fruto de la desesperación o la al azar. No fueron deseados y lo sabían. Algo se lo advertía desde el fondo de sus conciencias.

Dictado 2

Al fallecer, la Gallega tuvo que espabilarse, ya que de la renta de esa lápida no le tocaba a ella nada. Empezó a tratar con lo que poseía más a mano: con ella misma. Todavía se encontraba de buen ver, a sus treinta y cinco años. Y siempre había, el sábado, algún albañil o fumista, con la paga recién cobrada, que pretendía echar una cana al aire y se iba a su casa, a tomar media botella y algo más. Después, con el tiempo, cuando el trato de sí misma se realizó más complicado, pensó en agrandar el negocio. Vivía en descampado, en una casucha de madera, con huertecillo. Comenzó a echar el ojo a las muchachitas de la barriada. Usuarios, no le faltaban. Sin enormes fatigas, no había semana que no ingresase algo en la Caja de Ahorros. Cuando caía una menor, el saldo crecía vertiginosamente. A Cloti hacía tiempo que la llevaba en el magín. Le fue algo complicado convencerla, pero bien ha podido serlo más. A los catorce años, todas tienen escrúpulos. ¡Como si no fuese eso cosa de la vida, y no pasase al fin, siempre igual! El señor Paco, cincuentón y rijoso, dueño de granos, la poseía vista. Que tuviese hijas de su edad, poco se le importaba. Él no sabía de melindres, ni la conocía la paga era un peso.

Dictado 3

A su derecha se había acomodado Kyle Shively, que no cesaba de fumar. A su izquierda, mascando un puro apagado, se sentaba Howard Yost. Y frente a Malone estaba un nervioso Leo Brunner sentado en el borde de una silla que había acercado al guardado. Un poco envarados, habían vuelto a presentarse sin revelar bastantes datos. Shively era mecánico de coches y, en varias oportunidades, para aumentar sus capital y para entretenerse, reparaba coches dejados y los vendía. Yost era agente de seguros y vendía pólizas de la Empresa de Seguros de Vida Everest y otras ocho compañias asociadas. Brunner era un perito mercantil con despacho y usuarios propios. Malone era colaborador libre de diferentes publicaciones, aunque algunas veces se dedicaba a raras ocupaciones para hacer dinero o bien para vivir una vivencia. Malone volvió un poco tímido al tema de Sharon Fields. El alegato de Malone de los últimos siete u ocho minutos había estado centrado en este asunto. Siempre fué muy aficionado al cine, les había confesado. Llevaba siendo ciervo de Sharon Fields desde la primera oportunidad que la había visto en una película de hacía ocho años en un papel de escasa consideración de una superficial película de aventuras llamada «El séptimo velo». Y había seguido su meteórico ascenso al superestrellato.

Dictado 4

Wayne sujetaba el codo de Shauna y la ayudaba a caminar por el blanco pasillo. Ella había insistido en caminar en esta oportunidad, desesperada por dejar la silla de ruedas, y decidida a dejar el hospital tan ágil como fuera viable. Ya era miércoles. Luego de un día de oscilar entre la consciencia y la inconsciencia, seguido de dos días enteros de escáneres, pruebas, muestras, interrogatorios y estudios, poseía todavía más cuestiones que la primera oportunidad que se despertó. Pero no había más respuestas. Todos se negaron a comentar de Rudy y eso la se encontraba volviendo loca. —No puedo creer cuánto has progresado ya —dijo Wayne cuando su energía flaqueaba. Ella se tomó un descanso y se apoyó en la pared—. Eres sorprendente. Ella buscó sus ojos. —Por favor, Wayne. Cuéntamelo. —¿Contarte el qué? —Lo que ningún otro va a llevar a cabo. Sobre Rudy. —Ya hablamos de esto —su tono reflejaba más tristeza que impaciencia—. Shauna, me contaron lo mismo que te contaron a ti. No puede ser tan terrible cuando le han mandado a casa. —¡Esto es ridículo! ¿A qué viene tanto secretismo? —Él está en el hogar. Y tiene los especiales cuidados que el dinero de tu padre puede adquirir. —¿Así que todo lo que tenemos la posibilidad de entender es que le han mandado a casa para fallecer? Wayne se rio entre dientes. —Vaya… Verdaderamente te vas a lo malo, ¿no? —No te rías de mí. —Shauna empezó a caminar otra vez. Él se despejó y decidió su lado. —Solo quiero decir que tu padre no podría estar de viaje si ese fuera la situacion. —¡Esto es de locos! —Estoy seguro de que es por tu bien. Trent se estuvo preocupando por todo… —Mi padre tendría que estar en su lugar. Pero él jamás estuvo donde se le necesitaba, ¿no? —Ahora está volviendo sobre sus pasos. —Eso he escuchado. Wayne no le contestó. Verdaderamente, ¿qué le podía decir? Shauna no le deseaba a nadie la dinámica disfuncional de su familia.

Dictado 5

—Vengo de la esclusa —me anticipé yo—. Fuí yo quien descubrió el cuerpo. Me miró de arriba abajo, sin pestañear. Me halagó corroborar que no era un insignificante subalterno quien había acudido para inspeccionarme, sino el mismísimo jefazo: ni más ni menos que el señor Yves-Auguste Lanneau de Bromier, constructor naval, encargado por los ministerios de la Guerra y de la Marina, oficial de la Legión de Honor, integrante de la Comisión del tráfico fluvial, presidente del Sindicato regional de la navegación, etc., etc., ¡un real pez gordo! ¡Cuánto honor! A éste, poco le importaba que yo fuera un fácil civil, o sargento paracaidista mencionado tres ocasiones en la orden del día… ¡Él era uno de los enserio, un tipo de carrera, que no hacía la guerra, sino que se dedicaba a redondear su fortuna! Escrutó mi rostro a lo largo de unos segundos, con la dureza y la insistencia de un juez de instrucción; podía estar yo bien seguro de que mi cara había quedado grabada en su memoria para toda la vida nunca, oportunamente archivada, etiquetada… En este momento, realizando abstracción de mi persona, había vuelto la cabeza hacia elHematite, como para cerciorarse de lo que había podido yo ver y oír. —¿Hace rato que está aquí? —Acabo de llegar. —Estamos realizando una exploración sobre este barco —me aclaró. No acababa yo de abarcar por qué experimentaba él la necesidad de darme explicaciones; construía lanchas de desembarco y elementos para patrulleros, pero era un hombre de buenos modales, de una raza muy distinta a la de un vulgar guindilla como ese cabo de la gendarmería, el tarugo de Fumet.

Dictado 6

No habría dado bastante más de cien pasos cuando la luz se apagó. Me volvía a hallar en medio de una oscuridad, caminando hacia la espuma dorada de la esclusa. Al otro lado del agua se hallaba la isla donde yo vivía. Una isla artificial, emplazada entre el canal y el río: dos kilómetros de extenso por sesenta metros de ancho. En esa isla se habían constituido una secuencia de viviendas con jardincillos, desde la chabola de pescador hasta la vivienda de recreo. Algo más lejos río abajo, las tres impresionantes hayas de mi jardín debían recortarse en el cielo, y las lechuzas debían ulular en sus más altas ramas. ¡Hay que ver en qué clase de Juan Lanas debía de haberse convertido para aguantar aquella vida estúpida, en la mitad de la niebla y las lechuzas, teniendo por toda empresa la sonrisa estereotipada de Jacqueline y las caritas paliduchas de los dos críos…! ¡Ojalá tuviese el valor de largarme algún día…! Bastante más de una vez me había preguntado dónde habitaba el verdadero valor… ¿si en largarme… o en establecerme? Tampoco sería aquella noche cuando hallaría la satisfacción a mis inconvenientes. Me había parado, de cara al canal, pero la noche era bastante oscura para que pudiese ver nada. Iba a reemprender la marcha cuando oí un suave crujido cerca de mí, a mis espaldas… El tiempo de preguntarme si tendría que ver con una rata de agua… y, bruscamente, me atenazó un miedo cerval: ¡ahí había alguien! No tuve tiempo de darme la vuelta. Sentí como una explosión en la base del cráneo y caí de rodillas. La noche, el canal, el cielo y la tierra se tiñeron de rojo… Tuve la vaga impresión de que traspasaba las puertas del paraíso, me desplomé y perdí el saber.