Dictados para niños de 7-8 Años

Dictados para niños de siete y ocho Años

Dictado 1

El sonido carnoso de la voz de Winston le terminó repulsiva, como siempre. Pero en algo se poseía que ver que su agente superaba los cien kilos de peso y los dos metros de humanidad. Su piel negra era totalmente lisa y los pliegues de su sobrepeso y su colosal abdomen increíblemente no resultaban repugnantes a la visión. Todo lo opuesto, sus gigantes labios (que parecían dátiles) invitaban a escuchar a ese tipo al que siempre había planeado que, si se le despojara de sus gafas y de sus brillantes trajes de Armani y se le vistiera con una chupa y una gorra de cuero, hubiera pasado por un rapero popular más allá de tener cerca de cincuenta años. Por supuesto, por su forma de comentar ya lo aparentaba. Aunque su voz, terminantemente, era molesto. Winston Banks era uno de los agentes editoriales más destacables del país y había cogido a Richard a regañadientes cuando uno de los empleados de su agencia se empeñó en que el relato que había leído de ese hombre en una revista aparentaba agradable. Un largo tiempo luego le confesaría al propio Richard que jamás apostó por él, puesto que sus tres primeros libros tuvieron unas ventas mediocres que no compensaban las horas de trabajo que invertían en la agencia para buscarle contratos

Dictado 2

Por otro lado todo había cambiado con el primer manuscrito de lo que podría ser una extendida serie interpretada por el agente Michael Bailey. Winston admitió que lo había leído solo por la insistencia del empleado que manejaba la cuenta de Richard, quedándose atrapado, para su sorpresa, en las primeras líneas. Ese personaje era bueno, había aprobado, realmente bueno. Tan capaz como despiadado, destrozaba el estereotipo de esos agentes misterios que pedían permiso antes de disparar y que jamás se despeinaban. Sus expeditivos procedimientos le cautivaron desde la primera página y, como buen agente editorial curtido en la localidad más competitiva de todo el mundo, supo enseguida que poseía un triunfo enfrente de sus narices. Por supuesto se quedó «temporalmente» con la cuenta de Richard. Una temporalidad que todavía continuaba, para desgracia del empleado que verdaderamente le había descubierto. —La escena es muy buena —contestó Richard, rememorando los incontables datos que acababa de ver—, va a quedar magnífica en el libro y en la pantalla. —¡Ese es mi escritor! —casi oyó el carnoso movimiento de los labios de Winston— En este momento necesito que te coloques instantaneamente con ello, Michael. Poseemos una saga millonaria que cerrar y lo último que quisiera es no poder realizar nuestros compromisos, no sé si me comprendes —masculló—. Vamos, que no quiero inconvenientes. —¿Y cuándo los tuvimos? —preguntó él, con fastidio. —¿Tan mal estás de la memoria? —Winston aparentaba estar fumando, o más bien masticando, uno de esos habanos

Dictado 3

Tal es así que con mis propias manos, las manos de un príncipe de Valaquia, de un cuñado de rey, recogía sus platos sucios y sus desperdicios, por no nombrar los incontables bacines de porcelana, y los tiraba. Sospecho que habría consentido en fregar los platos, como algún sirviente, de no haber existido una satisfacción más simple. Es verdad que los platos, mayormente, eran de oro, pero yo se encontraba decidido a no escatimar nada en las atenciones hacia mi invitado. Además, si en algún momento regresaba al castillo desde mi proyectada estancia en el extranjero, sin lugar a dudas podría recobrar los utensilios de oro del fondo del precipicio de trescientos metros sobre el cual se alzaba el castillo, y que me proporcionaba un vertedero totalmente satisfactorio. Los platos permanecerían ahí abajo, abollados sin lugar a dudas por la caída, pero limpios por el paso de las estaciones, y sin que nadie se atreviera a robármelos. Siempre he experimentado un profundo desprecio por los ladrones; yo pienso que la multitud de las aldeas cercanas me comprendía en este aspecto, si es que no lo lograba en algunos otros. A lo largo de el mes y medio que estuvo conmigo, mi cada vez más desagradecido huésped gastó una fortuna en platos de oro, hasta el punto que me vi obligado a servirle en platos de plata. Aunque, desde luego, en el final realmente bien podría haberle servido la comida en trozos de corteza de árbol, y él solamente se habría dado cuenta, tan aterrado se encontraba entonces frente algunas características de mi naturaleza.

Dictado 4

Yo poseía la presunción de que cuando los humanos empezaran a aceptarme del todo y sin reservas, la psicología de varios de ellos no les permitiría ofrecer crédito a que yo no me reflejase en los espejos, o por lo menos no de forma comunmente perceptible para el ojo humano. Permítanme aquí el inciso de que una película y el tubo de rayos catódicos son cosas totalmente diferentes. Pero, ajeno de cuáles sean los resultados de las indagaciones en este aspecto, aquella mañana me engañé a mí mismo al suponer que aquel inglés razonable y nada supersticioso no se percataría de la verdadera verdad: que cuando yo ingresé en su cuarto, y me situé tras él en el momento en que se afeitaba, mi imagen no se reflejó en el espejo. Me equivoqué. En relación le dije «Buenos días» pegado a su escuchado, sufrió tal sobresalto, que reaccionó de forma física y su navaja le causó un rápido corte en la barbilla. Al momento fui consciente de que sin lugar a dudas había notado la sepa de mi imagen en el espejo, ya que sus ojos oscilaron de mí al espejo numerosas ocasiones, al tiempo que hacía esfuerzos para que su rostro no expresara el desconcierto. Aquello fue como una bofetada para mí, el primer indicio de que mis proyectos eran sin lugar a dudas inviábles. Pero, aunque me sentí intensamente herido, además hice esfuerzos por sostener la compostura. Al cabo de unos instantes, Harker renunció a perseguir mi imagen en el espejo, me devolvió, turbado, el saludo, dejó a un lado la navaja, y comenzó a buscar el esparadrapo en su neceser. En la barbilla apareció una burbuja de sangre.

Dictado 5

Con un movimiento de lo más acelerado que yo había visto jamás, David colocó sus manos bajo mis nalgas, obligándome a subir las piernas hasta enroscarlas cerca de su cintura. Seguía aprisionándome contra la pared y yo me aferré a sus hombros para hallar sostener la estabilidad. Podía notarlo de manera directa contra mi sexo y un gemido se escapó de mi boca. Intenté de mover las caderas con el objetivo de incrementar aquel roce por medio de mi ropa interior pero él se separó unos centímetros de mi boca. —No te muevas– ha dicho en un susurro, de manera tan sensual que pude ver perfectamente cómo mi sexo se contraía. Le miré de manera directa a los ojos y me quedé perdida en ellos. Se encontraba fascinada por todo lo que hallé y, en particular, por aquella faceta desconocida de David. ¿De dónde había salido aquel ser que ordenaba y que no dejaba la más mínima duda frente visto que yo debía obedecer? Palpité otra vez y, aunque mi orgullo me obligaba a responderle en aquel mismo momento, el interés por entender lo que vendría ahora me ordenó a sostener la boca clausurada, a mantenerse tan sin movimiento como la respiración agitada me lo dejaba.

Dictado 6

De a poco las caricias se fueron desplazando hacia la cintura, el ombligo y las caderas. Siempre que sentía su boca rozar todo mi cuerpo me pedía a gritos que me moviera pero era consciente de que no podía llevarlo a cabo. Súbitamente, David dejó de acariciarme. Yo abrí los ojos y le vi con aquella expresión que me excitaba y que, a aquellas alturas, seguía sin entender interpretar. David alargó la mano y desenredó las piernas que yo poseía enganchadas cerca de su cintura. Con mucha suavidad me dejó parado en el suelo para, ahora, darme la vuelta con fuerza y dejar mis pechos totalmente pegados a la pared. Otra vez volví a preguntarme de dónde salía toda aquella pasión que jamás antes había visto en él. A lo largo de unos segundos solo se escuchaba en aquella cuarto era mi respiración agitada y los jadeos intensos que se escapaban de mi boca. Ser tan consciente de aquello causó que todo mi cuerpo reaccionara todavía más. Podía ver las manos de David aferradas a mis caderas mientras sus labios jugaban en mi nuca. Me estremecía siempre que eso sucedía y de a poco fui perdiendo el control. Pasados unos minutos solamente podía sostener el peso de mi cuerpo, pero él había planeado en todo y, en el mismo momento en el que se percató de lo que se encontraba pasando, pasó sus brazos cerca de mi cintura y pude apoyarme sobre ellos. Pero mi alivio se extendió poco, porque en relación David se afirmó de que no iba a caerme al suelo comenzó a pasear sus dedos justo por el comienzo de mi pubis.