Dictados para Tercero de la ESO

Dictados para niños de Tercero de la ESO

 

Dictado 1

La desaparición de su marido la obsesionaba. Extraña era la noche que no soñaba con él, que no le veía tendido, amontonado entre los cadáveres del Hospital Clínico. Aun despierta, algunas veces, le aparentaba que sus ojos la miraban desde algún lugar. Si hubiera podido hablarle, le habría dicho: Ven. Unicamente eso. Íntimamente le llamaba, había una voz que siempre le llamaba dentro del pecho. Nunca, hasta el momento se valió por sí misma. Su madre había quedado en Región Nacional, y no poseía ninguna novedad suya. Sus hermanos habitaban el extranjero. Es grato, práctico, depender siempre de alguien, aunque sea renunciando a la independencia. Elena creyó siempre que su condición de mujer le daba derecho a esta dependencia, a esa alguna irresponsabilidad. En este momento, sólo podía añorar los bienes perdidos, porque ya era tarde, bastante, para construirse otros. Y llegaron unos días largos, royendo el tiempo con dura indiferencia. Por vez primera, la palabra hambre tuvo sentido en aquella casa.

Dictado 2

Algunas noches, Sol no conseguía dormirse. Se alzaba, iba hacia la ventana y miraba a la noche, con las manos abiertas sobre el cristal. Llegó un invierno mojado, brillando todavía en la calle, que nadie poseía tiempo de limpiar. Siempre, rechinaban las ruedas de los camiones, llevándose hombres a la guerra. Sol no sabía qué pretendían proteger esos hombres. Sentía una honda indignación por lo cual era su propia vida, su juventud. No había derecho —pensaba— a ser engañado año tras año y, un óptimo día, ser lanzado de frente contra aquella verdad. No había derecho a que la realidad fuese el miedo, la resignación. No se podían tener dieciocho años para ir escondiéndose, escapando a esas balas perdidas en las esquinas, alistándose a la humillación de una cola para lograr comer. El temor, siempre el temor. Amanecían unos aviones o unos barcos y dejaban el suelo empapado de muerte. El suelo que todavía no se conocía, que todavía no se tuvo tiempo de pisar. La realidad no debía ser el hambre, la acometida y la desaparición. No podía serlo. Un grillo que poseía María en la cocina se quedó cómicamente reseco y encogido, dentro de su jaula de alambres. De un soplo se deshizo, como la ceniza.

Dictado 3

De la misma manera, se deshacían cosas y cosas, dentro del corazón de Sol. De la misma manera iban desapareciendo, huyendo, como ceniza. Y todas sus cuestiones, y hasta su misma rebeldía, había instantes en que se fundían en un solo sentir: el hambre. Aquella cuchilla invisible, hundiéndose en su cintura. Jamás la ha podido imaginar. Jamás la sospechó, siquiera. En este momento, sí. Se despertaba de noche, y la sentía dentro, arañándole. Era triste y hundía el corazón. Era humillante y le descubría miserias insospechadas. La pobreza de la condición humana, su inanición frente los árboles y el agua, frente la tierra. Sol aprendió a sumarse a largas cadenas humanas, en espera de un trozo de pan. María, vieja ya, no llegaba a todo. Era una dura vivencia para Sol. Pensaba con un nuevo sentimiento en las ásperas manos de la criada, en aquel hijo soldado, muerto, que la llamó madre. Por primera oportunidad tuvo una viva y amarga curiosidad por aquella vida callada, sumisa. Cuán diferentes significados tiene la posibilidad de tener la vida, para cada criatura, pensaba. Mientras transcurría el tiempo en las áridas colas, Sol sentía perder ahí instantes, tiempo de su historia, y se notaba crecer, crecer inútilmente. En ocasiones, le aparentaba que la cabeza tendía a separarse del tronco, como si desease vivir otra vida, separada del corazón. Eso le producía una risa débil y apretaba los pies contra el suelo de la calle, como para fijarse tozudamente en él.

Dictado 4

En el hogar, el piso aparentaba barrido por un viento sin corazón. Cosas y cosas queridas se echaban de menos. Su madre vendió las lámparas de cristal y bronce. Los elementos de metal codiciado, desaparecieron. Sol no podía estar un largo tiempo ahí. Las paredes desnudas —entre registros y ventas, los cuadros y elementos de adorno desaparecieron—, el suelo rayado por los clavos de las botas y los bayonetazos de los milicianos, la desolación material, en fin, era todavía soportable. Lo que podía con sus fuerzas, con su arrojo, era el tiempo de miedo recurrente y de lágrimas que sofocaban la atmósfera. Por otro lado, además, era exacto mantenerse horas y horas en la calle para conseguir un panificado o un trozo de jabón, en pelea angustiosa, desmesurada, para ir estando, sencillamente estando, y arrastrando los pies. El hombre no debe vivir para comer, sino comer para vivir, recordaba, con ironía. Qué faltos de sentido los viejos refranes institucionales. Recordando los preceptos de Jehová a su pueblo amado, la vida, en aquel tiempo, resultaba completamente antibíblica. Qué grato sería —ironizaba—que pudiéramos remover de nuestra nutrición los animales impuros, que pudiéramos sacrificarnos por propia intención, almacenar los domingos…

Dictado 5

Era algo que no sintió antes por ninguna compañera de Saint-Paul, cuyas vidas fueron más o menos semejantes a la suya. Cloti pertenecía a un mundo distinto, completamente irreconocible. Aparentaba una criatura fácil pero llena de vida. Su vitalidad desbordante le fascinaba y le atraía, su deseo de beberse las horas a enormes tragos, como si presintiera, desesperanzadamente, que lo bueno termina bastante próximamente. Pero, al propio tiempo, y por esta razón, le inspiraba una extraña tristeza, similar a la que sintió observando a un miliciano romper una porcelana. Las vidas de Sol y de Cloti transcurrían separadas, y solamente se cruzaban alguna palabra al hallarse. Cloti pertenecía a las Juventudes Socialistas Unificadas, por medio de lo cual consiguió su empleo y disponía de un nutrido racionamiento que, entre su madre y ella, devoraban ávidamente, cerradas en su cuarto.

Dictado 6

Después recogían las migajas —Sol no comprendía cómo se las arreglaban para dejar siempre un reguero de desperdicios a su alrededor—, canturreando y con la cara encendido de agrado. Las miraban, entonces, con ingenuo proposito difícil de cumplir. Más que nada, la vieja, cuando veía cocinar a María sus modestas tortas de harina de maíz. Cloti acudía a las clases nocturnas de una Escuela Roja, donde le enseñaban a leer y a escribir. Sol pensó que aparentaba muy feliz. Pasó el tiempo. Un mes, dos, y llegó la Navidad. Una noche fría y quieta. Nadie la celebraba. Elena miraba fijamente tras la ventana. La localidad surgía negra contra el cielo. Un viento de voz triste sacudía alguna ventana abierta, cerca de ahí. Camiones. Hora tras hora, se veían y oían ruedas de camiones y hombres que se llevaba la noche. Hombres que no vuelven. Era aquélla su segunda Navidad solitaria. Para Elena la Navidad representaba recuerdos, una fecha sagrada. En aquélla, sólo desolación y pobreza la rodeaban. Elena cerró los ojos. Prefería ignorar la mugre de la vieja refugiada, que en la cercana cuarto manchaba incomprensiblemente las paredes y utilizaba muebles estimados para prender el fuego. De la más reciente de las cortinas, Cloti se realizó un abrigo: el terciopelo rojo era el colmo del lujo para ella. Hombres que no vuelven nunca… Elena lloró, tranquilamente. Trataba de sentir un hálito cerca, como, según oyera, algunas veces, vuelven a nosotros los muertos. Pero nada había en la cuarto despojada. Sol, sentada en una butaca baja, leía un diario. La luz rielaba sobre su cabello, y proyectaba una sombra tenue bajo sus párpados.